La odisea de la escuadra del ALMIRANTE CERVERA

DURANTE EL COMBATE NAVAL DE SANTIAGO DE CUBA, ESPAÑA PAGÓ LAS CONSECUENCIAS DE LA POLÍTICA DE NEUTRALIDAD A ULTRANZA QUE LE IMPIDIÓ CONSEGUIR ALIANZAS PARA SU CAUSA

TEXTO: TEODORO RUBIO CASTAÑO FOTOS: CORTESÍA DE TEODORO RUBIO CASTAÑO Y ARCHIVO EXCELENCIAS

2022-11-10T08:00:00.0000000Z

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Exclusivas Latinoamericanas

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SUMARIO

El 20 de octubre de 1897 el contralmirante Pascual Cervera fue nombrado comandante de la Escuadra de Instrucciones, luego llamada «de Operaciones de las Antillas». Sus malos augurios se iban a cumplir irremisiblemente. A él, tal como había vaticinado años atrás, le iba a tocar enfrentarse a la todo poderosa armada estadounidense y sufrir una derrota total. Pocos días antes de su nombramiento, un grupo de periodistas preguntaban al Almirante en el arsenal de la Carraca, en Cádiz: ¿Parece ser que usted será el indicado por la Armada, si se declara la guerra contra los Estados Unidos de América?. A lo que respondió: «en tal caso aceptaré, pero seguro de ir a un Trafalgar». El 12 de febrero de 1898, Cervera escribía al ministro de marina Segismundo Bermejo: «Como no ceso de pensar en la posible guerra con los EE. UU., creo que sería muy conveniente que se me dieran los informes posibles de lo siguiente: 1. Cómo están distribuidos los buques de los EE. UU. y movimiento que hagan. 2. Dónde tienen sus puertos de aprovisionamiento. 3. Cartas, planos y derroteros de lo que pueda ser teatro de operaciones. 4. Qué objetivos han de tener las operaciones de esta escuadra ya sea la defensa de la Península y Baleares, ya sea de Canarias o la de Cuba, o, por fin, el caso improbable de que fuesen las costas de los Estados Unidos, cosa que no podría ser, a menos de contar con algún aliado poderoso, etc.… «Con el conocimiento de estas cosas podría yo ir estudiando lo que convenga hacer y, llegado el día crítico, se emprendería sin vacilación la conducta que nos convenga seguir, tanto más necesario para nosotros cuanto que su marina es cuatro veces más fuerte que la nuestra y cuentan con la alianza de la insurrección de Cuba». Bermejo contestaría a esta carta, tres días después, con unas instrucciones que sabía perfectamente que Cervera no podría realizar. «La escuadra deseo sacarla del Departamento, pero es difícil por el momento, hasta ver que se resuelva sobre el «Colón», pues me parece que con menos de tres buques no debe ostentarse una insignia de contraalmirante. «Tomará la posición de cubrir las comunicaciones entre el Seno Mejicano y el Atlántico, procurando destruir Cayo Hueso, donde tiene hoy principalmente su depósito de víveres, municiones y carbón la escuadra de los Estados Unidos. «Si esto se consiguiese, y la estación fuese favorable podría el bloqueo extenderse sobre sus costas del Atlántico, para cortar sus comunicaciones y comercio con Europa; todo esto salvo las contingencias que puedan resultar de encontrar usted combates en que se decidirá quién puede quedar dueño del mar…». Cervera zarpó de Cádiz el 8 de abril de 1898 en el buque insignia Infanta María Teresa, junto al crucero de la clase Garibaldi Cristóbal Colón, rumbo a San Vicente de Cabo Verde. No partió como una escuadra para combatir en las Antillas, sino para proteger a la escuadrilla al mando de Fernando Villaamil, formada por el buque nodriza, el transatlántico Ciudad de Cádiz, los torpederos Azor, Ariete y Rayo —que a la postre no irían al Caribe— y los destructores Furor, Plutón y Terror, que sí fueron. Dicha escuadrilla daría cobertura al ejército en labores de protección de la costa y en especial en la desembocadura de los ríos cubanos, para impedir la llegada de expediciones filibusteras de los insurrectos cubanos enviadas desde los EE. UU. Habían zarpado los buques al mando del comandante Villaamil de Cádiz el 13 de marzo rumbo a la Mayor de las Antillas, pero a los pocos días de navegación se perdieron dos unidades a causa de un temporal, por lo que tomó la decisión de dirigirse a Cabo Verde para intentar reunificarse de nuevo y cruzar el Atlántico. Con el fin de afrontar dicha empresa, parte de la artillería y de la munición de los caza-torpederos y los destructores iba a bordo del Ciudad de Cádiz, lo que podría facilitar la travesía oceánica de los barcos, que no estaban diseñados para tan largas singladuras. Villaamil era consciente de que, además de estar prácticamente desarmados, sabía por información facilitada por los servicios de inteligencia españoles que se encontraba en el puerto de Lisboa una escuadra estadounidense con la probable intención de atacar a las naves españolas en medio del Atlántico. Su llegada a Cuba no le convenía en absoluto a EE. UU., porque podrían cambiar el curso de la guerra tanto para los españoles como para los independentistas cubanos, y todo podía desembocar en una posible negociación de paz o en una victoria y pacificación de la Isla por parte de España, circunstancia que impedirían sus intenciones de comprar Cuba. El 21 de abril los EE. UU. declaran la guerra a España. Desde el primer momento de su llegada a Cabo Verde, a través de un intercambio de cablegramas con el ministro Bermejo, Cervera desaconsejó ir con la escuadra a América. Sugirió defender Canarias y no enfrentarse a los americanos, muy superiores en número de barcos, tonelaje y armamento. Llegó a realizar una junta con sus oficiales a bordo del Colón para no ir al Caribe. Pero tras la reunión mantenida en Madrid por los generales de la marina con el ministro Bermejo, éste telegrafió a Cervera que debía ir a Puerto Rico. Cervera acató las órdenes, como buen militar. «Salgo para el Norte», fue su frase cifrada. La Escuadra de Operaciones de las Antillas, como acabó denominándose la fuerza bajo el mando del almirante Escuadra, zarpó el 29 de abril de 1898 de San Vicente de Cabo Verde rumbo a las Antillas. TRAVESÍA A CUBA Integraban la escuadra los tres cruceros de la clase Vizcaya que habían sido construidos en los Astilleros del Nervión bajo la supervisión de Cervera, el Infanta María Teresa, el Vizcaya y el Almirante Oquendo, estos dos últimos recién llegados de Ultramar, así como el crucero de construcción y diseño italianos Cristóbal Colón. La componían, además, los tres destructores Furor, Plutón y Terror, construidos en el Reino Unido con tecnología británica, pero inventados por el marino Español Fernando de Villaamil, jefe de la escuadrilla de los destructores a bordo del Furor. Cervera tuvo que obedecer, pero no había plan ni estrategia a seguir. Todo era improvisación: los barcos no estaban en condiciones, el Colón sin los cañones de romper, y los cruceros Oquendo y Vizcaya recién llegados de Cuba sin los fondos, sin limpiar y sin el necesario mantenimiento. Los destructores tuvieron que ser remolcados para cruzar el Atlántico y, para colmo de males, al llegar a la Martinica no encontraron el ansiado carbón, lo que aumentó los problemas para Cervera y su escuadra. El Terror se rompió, y Antonio Genís, capitán del vapor Hospital Alicante anclado en la Martinica, informó que Sampson bloqueaba y bombardeaba a San Juan de Puerto Rico. Cervera decide entonces ir a Curaçao, donde solo consigue 600 toneladas de carbón, del todo insuficientes. El 8 de mayo el USS Yale había hecho buena presa al vapor español Rita cargado de carbón rumbo a Puerto Rico. El destructor Terror, al quedarse sin máquinas en la Martinica, acabó yendo a San Juan de Puerto Rico después de ser reparado, porque desconocía el rumbo que tomaría Cervera en el mar, una medida que el almirante cumplía escrupulosamente para evitar el espionaje estadounidense. Pero debido a esas circunstancias, el Terror intervino en aguas próximas a San Juan en un combate naval durante el bloqueo de la plaza. Se enfrentó a los cruceros auxiliares USS Yosemite y el USS St. Paul que, cual paradoja de la historia se encontraba bajo el mando de Charles Sigsbee, capitán del Maine en el momento de su explosión en el puerto de La Habana. El 12 de mayo el ministro de marina Bermejo telegrafió la siguiente orden, dirigida a Cervera, para que el comandante general de marina de Puerto Rico se la hiciera llegar: «Madrid, 12 de mayo de 1898. «Desde su salida han variado los acontecimientos: Se amplían sus instrucciones, para que, si no cree que esa escuadra opere ahí con éxito, pueda regresar a la Península, reservando su derrota y punto de recala, con preferencia Cádiz. Avise recibo y exprese su determinación». Cervera nunca recibió la orden, ya que navegaba rumbo a Curaçao. Tras la dimisión de Segismundo Bermejo, le envían un nuevo mensaje a través del comandante del Terror en la Martinica: «Si le es posible comunicarse con el Almirante de nuestra Escuadra, manifiéstele que Gobierno anula telegrama sobre vuelta a España». Esa sería «La estrategia del desastre» del Alto Mando de la Armada española durante toda la guerra contra los estadounidenses. Villaamil informó a su Almirante a la llegada de la escuadra a Curaçao de la noticia de la total destrucción de la escuadra del almirante Montojo en Cavite, en las Filipinas, lo que constituyó otra nueva desazón para Cervera, quien en esa isla holandesa tampoco pudo conseguir carbón para sus buques. Después de zarpar de Curaçao, pasó la noche del 18 de mayo por el freu entre Jamaica y Haití y pudieron ver los proyectores de los cruceros auxiliares USS St. Paul y USS Harward, aunque de nuevo la falta de carbón impidió que pudieran atacarlos. Habría sido una temeridad quedarse sin combustible antes de llegar a puerto, lo que ocurrió el 19 de mayo en Santiago de Cuba con las reservas al límite, «barriendo las carboneras» como dirían los marinos españoles a su llegada. LA BATALLA NAVAL EN SANTIAGO DE CUBA El 25 de mayo de 1898 el vapor inglés Restamel con 3 000 toneladas de carbón Cardiff fue apresado frente a la bocana de la bahía de Santiago de Cuba por el USS St. Paul del capitán Sigbee. El 29 de mayo la escuadra volante al mando comodoro Schley de la Armada estadounidense arribaba frente la bahía santiaguera, con lo cual comenzaba el bloqueo. La suerte de la escuadra española estaba echada. El Almirante volvía a insistir ante el Gobierno español: «Estamos bloqueados. Califiqué de desastrosa la venida para los intereses de la Patria y los hechos empiezan a darme la razón. Con la desproporción de fuerzas, es imposible ninguna acción eficaz. Tenemos víveres para un mes». Cervera no quería sacrificar en vano a sus hombres. El capitán general de Cuba Ramón Blanco, apoyado por los «ultras» del Congreso y de la calle, quería la salida a toda costa; en tanto Cervera prefería destruir la escuadra si Santiago caía. En Madrid, Romero Robledo, máxima expresión parlamentaria del colonialismo, intervino en el Congreso de manera provocativa el 23 de junio. —¿Por qué no sale la escuadra? ¿Es que los barcos van a estar en la bahía con las máquinas apagadas para que sea arriada la bandera española como en Cavite? Él concluía que las escuadras son para combatir y que si Cervera no lo hacía había que relevarle, siendo, por cierto, Robledo uno de los mayores hacendados españoles de Cuba. El 3 de junio, Hobson y siete de sus compañeros hunden el USS Merrimac en la entrada del canal del puerto de Santiago y, al ser capturados, son confinados en el Castillo del Morro. El primer contacto entre los comandantes de la infantería de Marina de los EE.UU. y líderes del Ejército de Liberación cubano, sería a bordo del crucero USS New York, en el que las fuerzas revolucionarias proporcionan información detallada para la campaña. El 22 de junio cerca de 20 mil hombres del ejército expedicionario norteamericano, bajo el mando del general Shafter, llegan a la bahía de Daiquirí, a unas 18 millas de Santiago, dando inicio a la campaña. El 1 de julio se producen las Batallas del Caney de Lomas de San Juan (San Juan Hill). El día 2 el Capitán General de Cuba, Ramón Blanco, ordena desde La Habana a Cervera que abandone el puerto de Santiago ante la inminente ocupación de la ciudad por las fuerzas estadounidenses. Cervera escribiría entonces una frase que semejaba su epitafio: «Con la conciencia tranquila voy al sacrificio». El 3 de julio se produce el combate naval de Santiago de Cuba. A las 9:35h, de aquella soleada mañana de domingo, salió el Infanta María Teresa por la bocana de la bahía de Santiago. El Acorazado Iowa fue el primero en percatarse de «buques enemigos saliendo», a la vez que disparaba un cañonazo para llamar la atención de todos. El New York vio la señal cuando se hallaba ya a cuatro millas de la bocana y regresó inmediatamente para tomar parte en el combate. Todos los buques se dirigieron hacia la entrada de la bahía y tan pronto como apareció el Teresa fue recibido por el fuego del Iowa e Indiana, seguido por el del Brooklyn y Texas. En pocos minutos barrieron sus baterías de 140 milímetros, que no tenían ninguna protección. Siguiendo el plan previsto, el Insignia español se lanzó a abordar al Brooklyn (insignia del comodoro Schley), cayendo a estribor. El Teresa fue inutilizado al recibir dos impactos de 305 milímetros del Iowa que le afectaron la tubería principal de vapor provocando un gran incendio, su comandante había sido retirado herido y no quedó solución que vararlo para que no cayese en poder de los yanquis. Mientras tanto el Vizcaya seguido del Colón habían conseguido huir. El Oquendo, atrapado bajo el fuego del Oregón y el Indiana, corrió la misma suerte y quedó inutilizado cerca de donde lo había hecho el Teresa en la playa de Juan González. El Vizcaya fue interceptado enseguida por el Iowa, el Oregón y el Brooklyn. Los dos destructores fueron destruidos tan pronto aparecieron en la bocana, muriendo el Jefe de la escuadrilla, Fernando Villaamil. El Colón, mejor protegido sin sus cañones principales pudo resistir más y se alejó bastante hacia el oeste. Al acabarse el escaso carbón de buena calidad que llevaba a bordo empezó a ser cazado por los Brooklyn, Oregón, Texas y New York, quedando bajo el fuego de estos sin poder contestar por carecer de su artillería gruesa, ni poder aprovechar su mayor velocidad por la falta de carbón Cardiff. Su comandante, Díaz Moreau, decidió hundir el buque a unas 48 millas al oeste de Santiago abriendo sus válvulas de sentina. A las 13:15 horas el combate había terminado. La escuadra de Cervera había sido totalmente destruida. Los datos más fidedignos informaron de 343 muertos, 151 heridos y 1 889 prisioneros por parte de los españoles, además de los seis barcos hundidos o embarrancados. Los estadounidenses apenas sufrieron un muerto y dos heridos leves. Sus buques casi no fueron dañados. El almirante Cervera cayó prisionero de los marinos estadounidenses y desde el buque Iowa, telegrafió al ministro de Marina. Este es un breve extracto de su mensaje: «En cumplimiento de las órdenes de V. E., salí ayer mañana de Cuba con toda la Escuadra, y después de un combate desigual contra fuerzas más que triples de las mías, toda mi Escuadra quedó destruida. «La jornada del 3 ha sido un desastre horroroso, como yo había previsto; el número de muertos es, sin embargo, menor del que yo temía; la Patria ha sido defendida con honor y la satisfacción del deber cumplido dejan nuestras conciencias tranquilas, con sólo la amargura de lamentar lo pérdida de nuestros queridos compañeros y las desdichas de la Patria. «CERVERA. 4 DE JUNIO DE 1898». Una vez hundida la escuadra española, los estadounidenses presionaron a los defensores de Santiago a que se rindieran, amenazando con bombardear la plaza. Tras varios días de negociaciones, el capitán general Ramón Blanco telegrafió al general Toral que capitulara. El 16 de julio, junto a la Ceiba de la Paz, españoles y estadounidenses firmaron la Capitulación de Santiago de Cuba; y el 14 de agosto es oficializado el protocolo preliminar de negociaciones paz entre los gobiernos de España y los Estados Unidos. El Tratado de París, firmado por Montero Ríos el 10 de diciembre de 1898, concedía a los EE. UU. las islas de Filipinas y Puerto Rico, aunque la verdad es que ninguna pérdida fue tan dolorosa como la Isla de Cuba, llamada «la perla de las Antillas», y con la que los españoles manteníamos singulares lazos de afecto. Por otro lado, el peso económico de Cuba era singularmente relevante, lo que traería una serie de repercusiones profundas en España. El atraso secular tanto en términos económicos como industriales, dificultó a España la adquisición o la construcción de acorazados capaces de enfrentarse a navíos como los de Estados Unidos, nación que llevaba varios años preparándose para ese conflicto. Durante la década de 1880-1890 la Marina de Guerra de la Restauración adoptó el método de combatir en el mar de origen francés «la Jeune École», para salvaguardar su territorio ultramarino, que consistía en la utilización de destructores para la saturación en el combate (poussée maritime). Utilizaban cruceros acorazados más veloces que los grandes acorazados norteamericanos, destinados principalmente al ataque del comercio del enemigo en sus principales vías de comunicación, el corso marítimo (commercial raiders) y el ataque o bombardeo rápido (raid) de ciudades sin artillería de costa o sin la protección de unidades navales acorazadas propias. En el caso de la Armada de los EE. UU., el capitán de navío Alfred Thayer Mahan y su obra «La influencia del poder naval en la Historia» habían sentado las bases del poderío naval estadounidense frente a España, que tan eficazmente desarrollaron el secretario de la Marina Henry Cabot Lodge y el subsecretario Theodore Roosevelt eligiendo otra concepción para su Armada: la de los grandes acorazados que fueron determinantes en victoria de la escuadra del almirante Sampson en Santiago de Cuba. La improvisación del envío de la escuadra de Cervera a las Antillas fue una decisión consensuada entre los políticos y el almirantazgo español, a sabiendas de la superioridad estadounidense, alentados por una opinión pública cargada de sobreexcitación patriótica y una prensa irresponsable. Además, España pagó las consecuencias de su política de neutralidad a la ultranza, que le impidió conseguir alianzas para su causa. El almirante Cervera fue un héroe que perdió todo, menos el honor.

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