El mundo de los Habanos no lo voy a dejar nunca

EL PRESTIGIO ALCANZADO POR COHIBA SIGNIFICA EL RECONOCIMIENTO A UNA HISTORIA QUE LOGRARÁ NO SOLO QUE PASEN 55 AÑOS, SINO CIENTOS DE AÑOS Y SIGA SIENDO LA MEJOR, COMENTA EDUARDO RIVERA IRIZARRI, QUIEN DIERA VIDA AL MÁS FAMOSO DE LOS PUROS PREMIUM

TEXTO / IVETTE FERNÁNDEZ SOSA FOTOS / MAYKEL ESPINOSA RODRÍGUEZ / TOMADAS DE EL LIBRO DE COHIBA

2022-09-05T07:00:00.0000000Z

2022-09-05T07:00:00.0000000Z

Exclusivas Latinoamericanas

https://revistasexcelencias.pressreader.com/article/284442807679409

Entrevista

Asus más de 80 años, Eduardo Rivera Irizarri sigue siendo un enamorado del mundo de los Habanos y un ferviente luchador por la calidad que los ha hecho sobresalir en todo el orbe. Quien diera vida al más famoso de los puros Premium, Cohiba, no se siente merecedor de agasajos extraordinarios: «No por esta distinción que la vida me ha dado me creo dueño, esto es del país», confiesa. Desde su casa, ubicada en una finca en las afueras de la ciudad de La Habana, el experimentado torcedor compartió con Excelencias algunas de las vivencias más gratificantes que le provocaran el descubrimiento de una ligada excepcional, y su aceptación por Fidel Castro. El prestigio alcanzado por Cohiba significa el reconocimiento a una historia que, por razones de calidad, logrará no solo que pasen 55 años, sino cientos de años y siga siendo la mejor, expresa. Considera que desde que nació consiguió un lugar cimero porque se concibió con una calidad precisa de la materia prima y por su confección totalmente a mano. Cuando lo pienso, expresa, me doy cuenta de que su surgimiento fue una cuestión netamente de amor. Fidel era un apasionado defensor de Cohiba por respeto a una ligada, a una forma de hacer el tabaco, a una idea de cómo hacerla y siempre fue muy respetuoso con eso. Oriundo de Palma Soriano, en la provincia Santiago de Cuba, el tabaquero comenzó a aprender las faenas de su oficio desde la niñez. Tras su traslado a La Habana, en la década del 50, ignoraba que su carta de presentación ante el líder de la Revolución sería justamente un puro capaz de transformar su vida y la de otros miles. La historia, ya conocida, refiere que el jefe de los escoltas del Comandante, Bienvenido Pérez Salazar (Chicho), fumaba uno de los tabacos elaborado por su amigo Rivera cuando celebró Fidel su aroma. Obsequió entonces Chicho al líder cubano uno de los suyos y quedó este último al instante prendado de una ligada hasta ese momento desconocida. Para ese entonces, Rivera ya había sido obrero de las fábricas Por Larrañaga, considerada como «la universidad» de los torcedores, y de La Corona, su trabajo en el momento de volverse el tabaquero personal de Fidel. Según Rivera empezó a torcer los Habanos del jefe con gran orgullo y, cuando la demanda se hizo mayor, comenzó a almacenar materias primas suficientes en condiciones idóneas, y por orden, todo preparado para pasar a su parte industrial. Por cuestiones de seguridad, recuerda el torcedor, llegó el momento en que me instalé en una casa próxima a la del Comandante, hasta que fue necesario comenzar a adiestrar a otras personas en la confección de los Habanos . Montamos entonces una escuela con las hijas, las esposas y las hermanas de los hombres de la escolta de Fidel para formarlas como tabaqueras. Iniciamos aquello con un éxito que hoy todavía celebramos, después de más de 55 años. Y, más tarde, aquella casa se convirtió en la Fábrica El Laguito donde fui torcedor y director desde sus inicios en 1963 hasta 1970. Rememora que para crear Cohiba tuvo que hacer esfuerzos para localizar la materia prima que, por supuesto, no podía ser de cualquier sitio. Esas hojas fueron seleccionadas de dos municipios fundamentalmente: San Juan y Martínez* y San Luis*, en la zona de Vueltabajo*, Pinar del Río , la provincia más occidental de Cuba. «Comenzamos a usar una variante que implicaba la utilización de moldes de madera preciosa que se hacían en condiciones excepcionales, pues el fabricante la trabajaba durante años en un proceso de añejamiento que emulaba con el del ron. «Yo introduje en esa fábrica esa tecnología donde todo se hacía a mano, por estas mismas manos, y, para lograr continuar con la calidad que tenía el tabaco, también adiestramos empleados que resultaron ser única y exclusivamente mujeres». Cuenta que los primeros tabacos no se comercializaron, Fidel los consumía y los regalaba. Pero después, confiesa, comenzamos a almacenarlos hasta tener más de un millón. «Antes de que estos puros se comercializaran ya habían ganado fama y todo gracias a Fidel Castro, que era un visionario—cuenta. Solo con su paladar él determinó que eso era único y, fíjate si lo era, que logramos comercializar los primeros en muy buen precio.» Previo al triunfo de la Revolución el tabaco cubano gozaba de cierto prestigio, pero la marca Cohiba lo llevó a un nivel superior. Fue ahí, dice, cuando notamos la potencialidad de esa ligada excepcional que se compone por varios tipos de hojas. Luego se multiplicó en varias líneas, vitolas y, además, ostenta el privilegio de haber generado toda una cultura del consumo, porque es sublime degustarlos, es mágico, relata el torcedor. «Fidel me encargó meterme en este mundo, porque yo solo conocía de la calidad de determinadas hojas, pero él me encomendó indagar sobre los detalles del cultivo en su totalidad, y a ese mundo he dedicado mi vida». «Consciente de eso, significa que no lo voy a dejar nunca».

es-cu