LOS SUEÑOS de FIDEL CASTRO

FIDEL, EN LA HABANA, CON UN HABANO, NUTRE AÚN PARTE IMPORTANTE DE LA ICONOGRAFÍA DE LA ISLA, Y NO SERÍA DESCABELLADO AFIRMAR QUE MUCHAS DECISIONES TRASCENDENTALES PARA EL PAÍS SE TOMARON CON UN COHIBA EN LOS LABIOS

TEXTO / ENRIQUE MILANÉS LEÓN FOTOS / TOMADAS DEL SITIO FIDEL SOLDADO DE LAS IDEAS Y ARCHIVO DE HABANOS, S.A.

2022-09-05T07:00:00.0000000Z

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Exclusivas Latinoamericanas

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Historia

Por si fuera poca la jerarquía que tiene en su campo, y en sus vegas, el Habano de la marca Cohiba puede ser considerado algo así como un personaje central en la historia de Cuba, desde los días precolombinos hasta el fumador del siglo XXI, «torciendo» en el camino millones de hojas aromáticas y de asépticas cuartillas donde describir semejante arraigo. No es descabellado afirmar que muchas decisiones trascendentales para el país fueron tomadas con un Cohiba en los labios, sobre todo considerando que bajo el humo de esa cavilación estuvo, por muchos años, un cubano llamado… Fidel Castro. Fidel, en La Habana, con un Habano, nutre aún parte importante de la iconografía de la Isla. El hecho de que Celia Sánchez, su más cercana asistente en la lucha guerrillera y en el Gobierno, «bautizara» a este Habano con el término que los indios taínos daban a la hoja enrollada que solían fumar, ilustra que el producto tuvo lo que en Cuba llamarían padrinos mayores, pero lo cierto es que demostró merecerlo. Porque, por extraño que parezca ahora, hubo un tiempo en que el Cohiba era un hijo natural, fruto de intenso placer pero carente de nombre. Como toda gran verdad, casi parece leyenda: a mediados de los 60s del siglo pasado, Bienvenido Pérez, jefe de escoltas de Fidel, le obsequió uno de los Habanos que a su vez recibía del amigo torcedor Eduardo Rivera. Con olfato para la fuma y para lo grande, el Comandante tradujo su fascinación inmediata con un pedido: había que producir regularmente aquel prodigio que ni siquiera tenía marca. Ningún nombre mejor que Cohiba, asentado ya con lustre propio en las crónicas de Indias, donde varios «corresponsales especiales» europeos registraron, desde finales del siglo XV, sus asombros ante un mundo nuevo para ellos. La nueva marca, creada en 1966, encantó a todos. Los dirigentes revolucionarios, en muchos casos forjados como fumadores en el rigor de las lomas de la Sierra Maestra, se aficionaron a ella, y el propio Che Guevara, tan cuidadoso en sus juicios, admitió que «nunca antes en su vida había fumado algo mejor». Fuera de Cuba no resultó diferente. El interés era tal que Fidel, excelente anfitrión, regaló cajas de Cohiba, con anillas personalizadas, a grandes figuras internacionales como Charles de Gaulle, Juan Carlos I de España, Omar Torrijos, Gamal Abdel Nasser y Luis Echeverría. A menudo, este Habano fue un canciller singular en los diálogos del entendimiento. No tendría sentido negarlo: todos saben que a mitad de los años 80 Fidel dejó de fumar. «Hay que tener una motivación fuerte para tener éxito», confesaría años después en una entrevista en Suiza. Debió resultarle difícil, dada su afición desde la adolescencia, heredada de su padre Ángel, un gallego fumador, pero así eran siempre los desafíos del estadista cubano. La renuncia guarda, sin embargo, matices interesantes. Se cuenta que en un Cigar Dinner en Tropicana, por los 30 años de la marca Cohiba, Fidel confesó a los asistentes que había dejado de fumar, pero no de soñar con un buen Habano. Es fácil imaginar qué anilla tenían sus sueños.

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